No grave will hold me...

No grave will hold me...
Os estoy vigilando...

jueves, 31 de enero de 2008

The Nether, Chapter VIII: Chains of life (I)

La gigantesca Torre de la Redención se alzaba ante Nahara. Imponente e impertérrita, como siempre, daba la sensación de que intentaba arañar el negro cielo con su anillo de niebla que coronaba la bóveda de Nocheeterna.

Quizás solo había caminado desorientada, valiéndose de su guadaña para evitar perder el equilibrio, tras el encuentro con Higfried. Quizás había seguido inconscientemente el camino que Dimahl hubo recorrido de vuelta para volver a Guardaluz. Sin embargo, allí estaba, frente a la enorme entrada sin puertas, y su disposición para entrar en ella crecía por momentos.

“No te recomiendo empezar tu visita por ahí, pequeña... Demasiado... fuerte, quizás... para una primeriza”

Dos Nero flanqueaban la entrada, cruzando sus guadañas para impedir el paso. Permanecían ahí, erguidos, imperturbables, cubiertos con sus maltrechas parcas de un gris oscuro. Se podía vislumbrar en el interior del edificio la oscilante luz de multitud de antorchas, que dibujaban caprichosas sombras en la irregular superficie de la pared. La entrada de la Torre era la única parte de ésta que parecía surgir abruptamente del suelo. El resto de la enorme base circular de aquella estructura se extendía centenares de metros desde su centro, ya que parecía surgir poco a poco de las entrañas de la tierra. Y centenares eran también los metros a los que se alzaba su cumbre, que mantenía un diámetro relativamente regular hasta su ápice, el cual acababa en un agudo pico.

Nahara avanzó hacia la entrada, si bien no estaba segura de que los guardianes la fueran a dejar pasar.

De repente, a escasos pasos del umbral, se detuvo.

Su cuerpo se estremeció. En su cabeza, oyó una respiración ronca y agónica. Nahara se llevó una mano a la sien, creyendo estar alucinando, pero aquella respiración continuaba, jadeante, como si cada bocanada de aire estuviera matando a quien quiera que estuviera dentro de ella. Entonces, escuchó un susurro. Una suave voz de mujer, pero tan rota y ronca, que un escalofrío recorrió la espalda de Nahara. Hablaba lentamente, arrastrando las palabras, haciendo numerosas pausas para respirar con esfuerzo.

“Busca... a quien huye... de la luz de Luna...”

Y de nuevo, tan repentinamente como hubo aparecido, la voz se unió al sepulcral silencio de Nocheeterna mientras, como en respuesta a la alucinación de la Bianco, los Nero que flanqueaban la entrada apartaron sus guadañas. La estaban invitando a entrar.

Nahara asió con fuerza su propia guadaña. Pese a que una poderosa parte de ella clamaba a gritos salir de allí, se adentró en la Torre de la Redención.

Las paredes del interior, como ya había vislumbrado desde fuera eran tan amorfas como en el exterior. La entrada era una enorme sala sin mobiliario alguno, en cuyas paredes colgaban decenas de antorchas. A la derecha de la entrada había una larga barra de madera que colgaba horizontalmente a unos dos metros del suelo. Había algunas guadañas colgando de ella. A la Bianco ni siquiera se le pasó por la cabeza abandonar su arma en aquel lugar.

En el fondo de aquella sala, había otra entrada sin puertas, tras la cual parecía brillar un resplandor blanquecino. Nahara se adentró hasta allí, para encontrarse con las mismísimas entrañas de la Torre.

La luz provenía de una columna de neblina luminosa que se originaba en la misma cumbre del edificio. Nahara alzó la vista boquiabierta ante la colosal cámara en la que se encontraba. Rodeando la columna de niebla, a decenas de metros, unas escaleras, que comenzaban a la derecha de la entrada que Nahara acababa de cruzar, ascendían en espiral hasta donde alcanzaba la vista. Miles de antorchas intentaban futilmente competir con la niebla a la hora de iluminar aquella estancia.

A medida que la Bianco comenzó a ascender por aquellas escaleras, vio que en algunos puntos de éstas había amplios rellanos, que servían de bocas para profundos pasillos, también iluminados débilmente por antorchas. Nahara se asomó en algunos de estos corredores. Se trataba de pasillos con numerosas celdas, en la puerta de algunas de las cuales habían Nero montando guardia. Incluso se podía ver en algunos casos cómo aquellos “alguaciles” entraban en las celdas. En esos casos podían oírse alaridos espeluznantes. De vez en cuando veía a algunos Nero sacar a los reos de sus cubículos, con la guadaña muy cerca del cuello de éstos. Los prisioneros que abandonaban sus celdas estaban engrilletados de pies y manos. Al caminar, el eco del repiqueteo de sus cadenas se perdía en la inmensidad de la Torre.

“Así que era eso” pensó Nahara. “Este lugar no es más que una prisión”

A pesar de la imponente visión del interior de aquel lugar, la Bianco no podía dejar de pensar en aquella voz. ¿Había sido sólo una alucinación provocada por lo ocurrido en el Abismo del Desesperado? Los guardianes que flanqueaban la puerta la habían dejado pasar inmediatamente después. ¿Tan solo una coincidencia? “Busca a quien huye de la luz de Luna” ¿Qué se supone que debía significar eso? ¿Quién huiría de la luz de Luna en un lugar así?

Nahara se detuvo en uno de los rellanos, observando un pasillo desierto. Intrigada, se adentró en él. No llamada por la curiosidad. Había algo en ese pasillo que parecía llamarla. Había un haz de luz de Luna, procedente quizás de la ventana de una de las celdas. Caminó hasta llegar a este rayo perlado, ignorando a los ojos de los reos cautivos de las celdas que iba dejando atrás. Finalmente alcanzó la luz, que, tras los barrotes de aquel cubículo, solo bañaba sus grandes botas de Nero.

Un reo habitaba aquella estrecha sala. Era un hombre joven, de apenas unos treinta años. Estaba sentado en uno de los rincones más alejados de la ventana, temblando, abrazado a sus rodillas, mascullando.

- Me esta observando... – se balanceaba ligeramente, hablando con una voz temblorosa por el pánico que invadía todo su cuerpo – La Luna... me está observando... – señalaba la ventana, mientras se percataba de la presencia de Nahara

Los barrotes que sellaban la celda nacían del mismo suelo y se fundían en el techo. Aquellas barras de superficie irregular no tenían ningún punto por donde poder abrirse. Ese tembloroso hombre era a quien aquel extraño susurro se refería, no había duda de ello. Nahara alzó la guadaña y, con un movimiento seco y veloz, de derecha a izquierda, quebró aquellos barrotes con una facilidad inesperada. El hombre se alzó rápidamente contemplando su posible libertad y se abalanzó contra ella. Pero Nahara ya había tenido en cuenta un posible ataque, y con un movimiento opuesto al usado para partir los barrotes, golpeó al reo en el mentón con el extremo sin hoja de la guadaña. El prisionero perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, bajo la ventana. La tenue luz de la Luna bañaba ahora a ambos. La Bianco miró al astro un instante y parpadeó. ¿Era una silueta que se ocultaba tras su luz aquello que parecía estar viendo?

De nuevo, un estremecimiento. Para ambos. Una respiración agónica irrumpió en sus cabezas. Y, finalmente, una voz.

“Llévale... ante Yorüen...”

Y una vez más el susurro se extinguió. La Bianco miró de nuevo a la Luna. No había nada.

- ¡¡NO!! – gritó el reo, mientras volvía a levantarse, sin siquiera mirar a Nahara, con una expresión de pánico absoluto en su rostro.

Pero la Bianco volvió a ser más rápida y golpeó a éste en la cabeza. Inconsciente, cayó al suelo.

Nahara chasqueó la lengua decepcionada, al no obtener ninguna respuesta. “¿Quién demonios es ese Yorüen?” pensó. Su mente también analizó la imagen que creyó haber visto tras la luz de la Luna. Hubiera jurado haber visto una figura humana, flotando en el centro del astro pero, ¿quién podría hacer tal cosa? ¿Tendría que ver con aquella ronca y escalofriante voz que ya había oído dos veces?

Observó el cuerpo inerte de aquel hombre con un suspiro pesado. La idea de obedecer ciegamente una voz en su cabeza no la agradaba en absoluto, pero era la única manera aparente de comprender mínimamente aquel lugar. Con un pensamiento, deshizo la guadaña en una pequeña nube de humo que pasó a formar parte de su parca y se agachó para tomar al reo por los hombros. Salió de la celda y se encaminó a las escaleras de la gigantesca cámara central.

Para evitar un esfuerzo mayor, en lugar de seguir ascendiendo, descendió por las escaleras, dispuesta buscar a tientas a aquel tal Yorüen. Nahara giró en el primer rellano en el que desembocaba un pasillo de celdas al ver cómo un Nero se adentraba en él.

- ¡Eh! – llamó, pero el Nero ya se había perdido de vista en uno de los cubículos.

Nahara caminó hacia dicha celda. Con gran esfuerzo contuvo un grito al ver lo que estaba sucediendo.

La rea que habitaba aquella colgaba, entre convulsiones, en el techo de la cámara, con los ojos en blanco. Ensartada desde la parte superior del cuello hasta atravesarle la cabeza, estaba la guadaña de una bella Nero, cuya capucha se había desprendido. Tenía el pelo moreno, corto y alborotado, y unos ojos oscuros tan penetrantes como los de Dimahl. Cuando el cuerpo de la prisionera dejó de convulsionarse y se disolvió en fina niebla blanquecina, este haz nebuloso se desplazó raudo hacia la luminosa columna de niebla de la cámara central. La ejecutora arrancó su arma del techo y miró a Nahara sonriendo con desdén.

- ¿Qué miras...? – inquirió grosera. La Bianco no pudo evitar recordar a Dimahl de nuevo.

- Yorüen... – fue la primera y única palabra que salió de su garganta. La Nero miró entonces al reo que Nahara sostenía y su sonrisa se acentuó.

- Oh... – la Nero se acercó a ella y la ayudó a llevar al reo agarrándole por el otro hombro – Sí... hace tiempo que no le veo... – se mordió el labio y comenzó a moverse fuera de aquel pasillo.

Ambas Nero se movieron con mucha más soltura que la que hubiera mostrado Nahara por sí sola. Pese a que era la primera vez que mantenía contacto directo con un Nero que no fuera Dimahl, no pudo evitar sentir agradecimiento hacia...

- ¿Cómo te llamas? – preguntó Nahara

- Nevan – respondió la Nero con indiferencia

- Encantada, Nevan, yo soy...

- No me importa – Nahara resopló. Era una Nero, sin duda.

Tuvieron que ascender varios pisos en la cámara central de la Torre. Nevan se detuvo en un rellano algo más amplio que el resto. Y éste se hallaba frente a un pasillo definitivamente diferente al resto.

Nahara observó con horror cómo en las paredes del pasillo, entre múltiples antorchas y algún ventanuco que dejaba entrar la luz lunar, colgaban multitud de cuerpos, algunos de los cuales aun se movían o emitían algún sonido angustioso. Algunos de estos reos colgaban de cuerdas atadas a sus cuellos. Otros estaban clavados a la pared por múltiples partes de sus cuerpos. Nahara vio cómo una de ellas se sostenía en la pared con un cuchillo atravesando su garganta.

Pero quizás lo más inquietante se hallaba al fondo del pasillo.

Se trataba de un único hombre completamente rodeado de cadenas. Éstas abrazaban en espiral sus antebrazos. Uno de los extremos de cada cadena descendía hasta dar una vuelta a la mano y, como si se tratase de una extensión de los brazos de aquel hombre, colgaban hasta el suelo, extendiéndose hasta sendas argollas situadas en la pared. El extremo opuesto de cada cadena llegaba hasta el cuello y lo rodeaba, descendiendo hasta el desnudo torso, donde se cruzaban a nivel del esternón y continuaban hasta rodear también la cintura. Sobre unos pantalones negros con multitud de cremalleras, que se confundían con las cadenas, éstas seguían descendiendo, enrollándose como serpientes de metal bajo sus rodillas, del mismo modo que en los antebrazos. Finalmente, terminaban en otras argollas clavadas en el suelo, a unos centímetros de cada pierna, impidiendo casi cualquier movimiento. El cuerpo de aquel hombre, pese a estar firmemente sostenido sobre sus piernas, parecía colgar hacia delante de cintura para arriba. Una larga melena de color rojo sangriento, iluminada por la luz que dejaba entrar una claraboya que se abría sobre él, ocultaba su rostro. Y una respiración pausada y tranquila daba la sensación de que estuviera descansando.

Nevan sonrió, y ella y Nahara avanzaron hacia él. Pero de repente, tras dejar atrás una de las ventanas, Nevan se detuvo en seco.

- Demonios... – murmuró, y dejó de sostener al reo. A la Bianco no le dio tiempo a compensar el peso y el prisionero cayó de bruces al suelo. Éste empezó a recobrar la consciencia – He de irme, me reclaman en una de las celdas.

Dicho esto, Nevan se dio la vuelta y comenzó a marcharse, no sin antes, en la desembocadura del pasillo, mirar fugazmente a Nahara, sonriendo y guiñándole un ojo.

- Disfruta

Un suave repiqueteo de cadenas indicaba que el hombre del fondo del pasillo había comenzado a moverse, consciente de que no estaba solo.

- Tu corazón... – una voz grave y profunda salía de la garganta de aquel hombre – no lo había oído antes...

Nahara sintió un escalofrío recorrer su espalda.

- No... – siguió hablando – no late como el de un Nero...

Aquel hombre alzó la cabeza. Sus largos cabellos pelirrojos descubrieron la mitad de su rostro. Un ojo de color miel, que refulgía con el brillo de las antorchas que iluminaban la estancia, atravesó a Nahara, que no puedo evitar retroceder un paso. Aquella perturbadora mirada se paseó del cuerpo de la Bianco al reo que yacía ante él. Tras sonreír de manera inquietante volvió a posar su vista en Nahara.

- Mi nombre es Yorüen

lunes, 28 de enero de 2008

Fastest Fanart Ever

Increíble.

Dificilmente explicable con palabras.

Pedí fanartas para este prologo

Yo he sido tesgito.

10 segundos.

¿El autor? Secun

¿El resultado?


...


...


...


Perfecto





No hay palabras de agradecimiento que expresen mi dicha...


xD

domingo, 27 de enero de 2008

Welcome to my world

Y mi entrada-alternativa-al-estudio de hoy es....

(oigase un redoble de tambores)

MI CIUDAD: TREVVIELAND!!




...



Ehm...





Se supone que es una página en la que por cada visita a mi ciudad os apuntáis como habitantes y os ponen una casita...


Pero vuestra vida no me importa! Vayamos a lo realmente importante, ¡MI casa! ¡MI casa de YO!




¡Os enseñaré mi casa!


Esta es mi casa propiamente dicha. El precio de la vivienda ha subido tanto este último año que no me he podido permitir una con mejor resolución...



¡Este es mi árbol! Lo rego todos los días para que crezca muchos píxeles!

¡Y debe ser una especie nueva, porque en mis claves dicotómicas no aparecen árboles de hojas cuadradas!



¡Esta es mi valla! Me protege de los cacos por dos de los cuatro angulos de mi casa y me permite subirme a ella para parecer más alto y para hacer como que es un caballito.



Y, finalmente, estos son mis puntitos blancos. Aun no se muy bien para que sirven, pero ¿a que son los puntitos blancos mas bonitos y superespeciales que habéis visto jamás?


Bueno, básicamente es eso. Si queréis formar parte de esta poderosa metrópolis y tener vuestros propios y superespeciales puntitos blancos sólo teneis que entrar en este link:

http://trevvieland.myminicity.es/

Pondré el enlace también en el Sidebar para que entréis a menudo y eso, que se pueden dejar mensajes en el "Boletín municipal" ¡Podremos ponernos a parir como una comunidad de vecinos de verdad!

En fin, eso... Debería seguir estudiando.... Ejem.... ¿No teneis nada interesante que decirme?

Excremento... >___<

domingo, 20 de enero de 2008

[Untitled] Prologue [EDIT]

El viento ululaba en aquel vasto trigal, donde cada dorada hebra susurraba al nocturno cielo, gritando en silencio por aquella traición. Pero ya no quedaba nada que él pudiera oír.

Yacía con una rodilla hincada en el suelo, con el torso desnudo y lacerado, sangrando profusamente. Alzó la vista un último instante para, entre las distorsiones que le producían las lágrimas en sus ojos, ver las brillantes alas blancas de aquella a quien todos seguían. Y vio a aquellos que la seguían. Aquellos en quien él confiaba. Aquellos por los cuales él hubiera muerto.

Aquellos que ahora pretendían matarle.

Cerró los ojos. Bajó la cabeza. Las lágrimas fueron derramadas. El dolor que su alterada consciencia aún sentía era compensado aferrándose con fuerza a los tallos de trigo que tenía a mano. Algo en su espalda comenzó a latir con el ritmo de su acelerado corazón.

- ¿Es este mi destino...?

Los omóplatos crujieron.

- ¿Esto es lo que queréis de mi...?

Los músculos de su espalda se desplazaron.

- ¡¿Así es como he de acabar...!?

Alguien en estado normal hubiera sentido una insufrible agonía mientras dos especies de cuñas negruzcas emergieron con brutalidad, quebrando sus huesos, seccionando los músculos, rasgando su piel.

- Está bien...

Apretó los dientes. Las cuñas negras siguieron surgiendo de su interior, dejando ver que se trataba de articulaciones de un nuevo par de extremidades. La sangre resbalaba por la superficie de éstas ante la impermeabilidad que ofrecían los centenares de plumas negras que presentaban. La piel de su espalda siguió rasgándose hasta casi la altura de la cintura, para permitir que aquellos nuevos miembros siguieran avanzando hacia el exterior.

- Que así...

La fuerza que ejercía con las manos aumentó hasta tal punto que arrancó todos los tallos de trigo a los que se aferraba, mientras aquel par de alas del color del ébano reventaban la piel de su espalda por completo.

- ¡¡¡...SEA!!!



Y las alas se abrieron. Mas de cuatro metros de envergadura se extendieron entre infinitas gotas de sangre. Y su portador gritó a los cielos, abriendo unos ojos que presentaban el mismo color de la noche. Un grito desgarrador. Un grito de dolor. Un dolor que muy poco tenía que ver con la violenta aparición de aquella aberración en su espalda. Un dolor producido por la traición más rastrera. Un dolor que clamaba la venganza más despiadada.

Y aquellos sobre los cuales caería observaban atónitos el fruto de sus actos.

Las alas se plegaron ligeramente, mientras sentía como la sangre resbalaba sobre sus costados. Comenzó a incorporarse para levantarse. El hecho de que su carne estaba completamente desnuda casi por toda su retaguardia sobre la cintura debería haber convertido aquel proceso en un tormento insoportable. Y sin embargo, se irguió. Incluso encorvó su espalda hacia atrás, ignorando la sensación que le producía la fricción de sus nervios expuestos, para poder contemplar el cielo. Contrariamente a lo esperado, sonrió. Lejos quedó aquella tierna sonrisa con la que recompensaba a aquellos que la merecían. Se trataba de una mueca macabra, que el destino que había sido determinado para él merecía. Éste determinaba que debía tomar una decisión.

“Sea pues... He decidido”

Ya no había lágrimas en su rostro.

- ¿Me queréis...?



El Segundo Ángel Negro bajaba ahora la mirada de los cielos para dirigirla a ellos. Les dedicó la misma sonrisa que a la bóveda celestial, y sus manos se tensaron de manera tétrica.

- Venid a por mí...

Ella, el Ángel que por avatares del devenir acababa de convertirse en la antítesis de aquella criatura, observaba desolada el fruto de los actos que había orquestado.

- Qué hemos hecho...

____________________________________________

Gracias a Delerium por los dibujos ^^

viernes, 18 de enero de 2008

Santa Monica

En mi onda por poner por aqui únicamente canciones tristes, os presento una que quiero poner desde hace mucho tiempo pero que, por unas cosas o por otras, no me he acordado de poner: Santa Monica, de Theory of a Deadman (Album Gasoline, 2005. Un álbun que recomiendo a todos los melómanos y que tengo gracias a Deed :3)

La primera vez que escuché esta canción fue en el videojuego Farenheit, para PS2 (que recomiendo a todo aquel que tenga una; es más, a mi gente maás cercana les insto a pedírmelo). Era la única canción de los créditos finales. Pese a que la ponían una y otra vez mientras duraban éstos, no me cansaba de oírla.

Y así sigue hasta hoy.

Una vez más, la canción trata del desamor (en mi línea, vamos), y, al igual que The End of the Heatache (que ya colgué en su momento), además, igual que en ésta, uno puede percibir a lo largo de la canción los diferentes estadíos que ese sentimiento provoca: Frustración inicial, Ira y, finalmente, lo único que acaba quedando en nosotros, Tristeza.

Sin más dilación, aquí os dejo la canción. Sólo he podido colgar el vídeo del juego (creo que no tiene ningún spoiler) porque desde Youtube no me dejaban el código del videoclip original. De todas maneras, aparte del vídeo aquí, aquí teneis el enlace para verlo en dicha página. Como siempre, adjunto letra y traducción.



"Santa Monica"

She fills my bed with gasoline
You think I wouldn't notice
Her mind's made up
Her love is gone
I think someone's trying to show us a sign
That even if we thought it would last
The moment would pass
My bones will break and my heart would give
Oh, it hurts to live

And I remember the day when you left for Santa Monica
You left me to remain with all your excuses for everything
And I remember the time when you left for Santa Monica
And I remember the day you told me it's over

It hurts to breathe
Well every time that you're not next to me
Her mind's made up
The girl is gone
And now I'm forced to see
I think I'm on my way
Oh, it hurts to live today
Oh and she says "Don't you wish you were dead like me?"

And I remember the day when you left for Santa Monica
You left me to remain with all your excuses for everything
And I remember the time when you left for Santa Monica
And I remember the day you told me it's over

I wanted more than this
I needed more than this
I deserve more than this
But it just won't stop
It just won't go away

I needed more than this
I wanted more than this
I asked for more than this
But it just won't stop
It just won't go away

And I remember the day when you left for Santa Monica
You left me to remain with all your excuses for everything
And I remember the time when you left it all behind
And I remember the day you told me it's over

And I remember the day when you left for Santa Monica
You left me to remain with all your excuses for everything
And I remember the time when you left for Santa Monica
Yeah, I remember the day you told me it's over

Traducción

Ella llena mi cama con gasolina
Creíste que no me iba a dar cuenta
Su mente decidió,
Su amor se fue
Parece que alguien quisiera darnos una señal
De que si creíamos que ibamos a durar
El momento pasó
Mis huesos se romperán
Mi corazón se rendirá
Oh, duele vivir

Y recuerdo el día, en que partiste a Santa Monica
Me dejaste solo a pesar de tus excusas para todo
Y recuerdo el momento, en que partiste a Santa Monica
Recuerdo el día en que me dijiste que se acabó

Duele respirar
Cada vez que no estás junto a mí
Su menté decidió
La chica se ha ido
Y ahora me veo obligado a ver
Pensar que estoy solo
Duele vivir hoy
Oh y ella dice
No desees estar muerto como yo

Y recuerdo el día, en que partiste a Santa Monica
Me dejaste solo a pesar de tus excusas para todo
Y recuerdo el momento, en que partiste a Santa Monica
Recuerdo el día en que me dijiste que se acabó

Quería más de esto
Necesitaba más de esto
Merezco más que esto
Pero no va a parar
No se va a ir

Necesitaba más de esto
Quería más de esto
Pedí más de esto
Pero no va a parar
No se va a ir

Y recuerdo el día, en que partiste a Santa Monica
Me dejaste solo a pesar de tus excusas para todo
Y recuerdo el momento, en que lo dejaste todo atrás
Recuerdo el día en que me dijiste que se acabó

Y recuerdo el día, en que partiste a Santa Monica
Me dejaste solo a pesar de tus excusas para todo
Y recuerdo el momento, en que partiste a Santa Monica
Recuerdo el día en que me dijiste que se acabó

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P.D. No tenéis la más mínima idea de la cantidad de lágrimas que he sido capaz de derramar con esta canción de fondo, desde hace años.

Espero que os haya gustado

lunes, 14 de enero de 2008

Radio Star

Una pequeña reflexión....


Iba yo sentadito en mi autobús, de camino a ese agujero que yo llamo... Universidad

Cuando de repente, mis oídos se levantan y se dirigen hacia el altavoz más cercano (lo juro, a veces me sale!), donde se oia una voz femenina en la radio:

Hazlo por el dinero, por tu pareja o por tu perro...

Raudo, pensé: "¡Ajá! Será ese anuncio de la Direccion General de Tráfico"

Hazlo por lo que quieras, pero póntelo

"Un momento... ¡¿No estará hablando de condones!?"

Perturbado, recordé: Hazlo por dinero "¡¡Diox, que sí que va a ser eso!!

por tu pareja "¡¡¡Joder, que sí, que es de condones!!!!"

por tu perro "¡¡ENFERMOS!! ¡¡ESTÁN TODOS ENFERMOS!!"

Pero, para mi desgracia, el anuncio continuaba:

Hazlo por no partirte la espalda "¡¿Pero cómo demonios quieren que lo hagamos!?

por no romperte la cara "p-pero... ¿¡sadomasoquismo también!?"

o simplemente hazlo por no matarte "¡¡JODER, ESTO SI QUE ES HARDCORE!!"

¿Pretenden manipularnos de alguna manera?

¿Acaso son mensajes subliminales?

...


...


...


¿O simplemente desvaríos de alguien que se ha levantado a las siete de la mañana y que no sabe ni donde tiene su mano derecha..?


Reflexionad, pequeños...


P.D. Por si alguien realmente no lo ha pillado (AAAAJIEEEEEEM.......) sí, el anuncio era de la DGT y hablaban de los cinturones de seguridad...

domingo, 13 de enero de 2008

T r e v v i e answers

En respuesta a las (pocas pocas poquisimas, rancios...) preguntas planteadas tras el último capítulo de mi (ajiem) aclamado relato (enter the flowers), he aquí las respuestas, y mi actitud hacia ellas:



De Vorian:

¿Que hace caronte cuando llega un loco de Patio (o una persona extremadamente agresiva) para cruzar el rio?

Caronte es un tío con recursos. Recorre el río y convence a los pasajeros de la misma manera: a golpe de remo :P

La gente a lo largo de su vida va desarrollando su personalidad ¿Es posible que a lo largo de su estancia cambie de cierto modo y pueda volverse malita en guardaluz?


Así es, es lo que llamé "los grises". Ya hablaré de ellos más adelante

¿Que pasa si alguien no quiere ir a guardaluz?

Buena pregunta. Cuando alguien es juzgado como merecedor de Guardaluz, es completamente libre (de ahi que Guardaluz no tenga puertas)


¿Como juzga el juez?, es decir en que se basa para calificar las acciones por que, como decia tomas de aquino "La voluntad siempre tiende al bien, siempre apetece el bien, no el mal"
Y segun eso no existen personas malas, por lo que supongo yo debe usar otros criterios.
¿Se basa en el codigo moral en el que actualmente estamos inmersos que vendria a ser la moral cristiana?
(Aunque a algunos no les guste admitirlo)


Pedazo de pregunta, pro diox. Lo más frustrante es que no puedo contestar, vas a tener que esperar '^^

De Dev:

¿Y digo yo, el Juez, como el, está eternamente sentado en el trono? ¿Sólo juzga él, sin contar con el criterio de Biancos y Neros? Es decir, como si fuera un jurado.

El Juez descansa, pero siempre está cuando Caronte le lleva a sus pasajeros. De ahí la crisis... Y su voluntad es suprema. Es juez y jurado. Biancos y Neros son solo ejecutores.

¿El Juez es Dios? XD

Se lo dicen muy a menudo xD. No, no es el Dios cristiano, ni ningun otro dios. Cualquier similitud con ellos, es "pura coincidencia"

No sé por qué, pero tal y como lo describes veo ese mundo de colores azulados. ¿Cómo lo ves tú?

Imagínatelo como te imaginarias un Crepúsculo Eterno, que describí en el primerito capítulo. Debí haberlo recordado en este. Mea culpa... Lo solucionaré mas adelante



Y ya está



Bueno pequeños, sabréis el chorrosopotocientos por cien de vosotros que me hallo a las puertas de mi período de examenes. Dejaré que otro de mis ayudantes resuma mi estado de ánimo:



Así pues, el siguiente capítulo (que ALGUIEN espera ANSIOSA) tardará un pocuito mas de lo estrictamente estipulado por las Reglas No Escritas de este blog.

Como despedida, os dejo con mi patentada "Cara de Estudiar"

(Gracias, Darja!)

En fin, espero que esa foto os haga pensar.















Porque a mi no....


P.D. Nunca me había fijado en mi perfil. Tengo una nariz graciosa '^^

jueves, 10 de enero de 2008

The Nether, Chapter VII: A Quiet River

- Damas y caballeros, les ruego me presten atención.

Demasiadas voces. No le oían.

- Por favor, si me prestan un mínimo de atención... – miedo, frustración, indignación; el murmullo era incesante

““Los muertos no cuentan cuentos”, sí, ya...” pensó el Barquero

- ¿Hola...? – Nada

Suspiró exasperado mientras hizo una floritura con su mano. Las voces se acallaron al instante. Sin embargo, las bocas seguían moviéndose.

Muchos se llevaron las manos a la garganta sorprendidos y asustados. Poco a poco fueron fijándose en aquel alto y fornido hombre, de cuerpo encorvado por el cansancio y enfundado en una desgastada gabardina abierta de un negro rojizo que dejaba ver una holgada camisa y un faldón de túnica, ambos marrones. Su cabello era blanco y corto y, si bien parecía peinado hacia atrás, estaba algo revuelto. Presentaba, además, barba de aparentemente unos días en su cuadrado mentón. Miraba a la multitud con sus profundos ojos blancos, sin iris ni pupilas, apoyado en el largo remo de su embarcación mientras éste descansaba en el lecho del Río de las Almas, de modo que no se veía el extremo. La estrecha barca de madera, de apenas cuatro metros de eslora flotaba casi inmóvil a apenas un metro de la orilla.

El Barquero sonrió con sorna.

- Son ustedes muy amables – empezó a decir – Bien, damas y caballeros, están ustedes muertos

Hizo bien en acallar sus voces. Como era habitual, las reacciones fueron dispares, aunque tenían algo en común: hablaban demasiado alto. Y eso al Barquero le ponía de los nervios. Alzó una mano, gesto con el cual pretendía pedir algo de calma pero que las almas en pena interpretaron como una amenaza. Por ello, paradójicamente, le prestaron atención.

- Sé que es un momento difícil para todos – siguió con su cansada voz – Si me hacen el favor de acercarse a mi barca ordenadamente...

Bajó de la barca poniendo sus pies en la vasta orilla a las faldas del Monte Limítrofe, de cuya cumbre nacía el Río de las Almas. Se dirigió a las tres personas que más cerca se hallaban de él. Puesto que rara, muy rara vez se acercaban por voluntad propia, dedujo que eran las tres que habían muerto en primer lugar de la multitud presente. Se trataba de un hombre anciano, una mujer y un niño.

- Sois los siguientes. Subid al barco. – inquirió

El hombre y la mujer obedecieron con resignación, aunque sin quitar la expresión de desconcierto de sus rostros. El niño miró al Barquero y le tiró de la gabardina para llamar su atención. Movía la boca, pero no aparecía ningún sonido.

- Oh, mis disculpas... – con una nueva floritura de la mano, el silencio podía romperse, en cuanto las almas en pena se dieran cuente de ello. - ¿Decías? – preguntó mientras instaba al niño a subir a la barca con un gesto
- ¿Quién eres tú? – preguntó el niño. Pese que al Barquero le pareció una pregunta del todo descarada, pudo ver en la expresión curiosa del niño que no era su intención ser grosero.

El Barquero ignoró momentáneamente la pregunta mientras subía a su barca, manteniéndose de pie en el extremo opuesto al lugar donde el anciano y la mujer se habían aposentado. Apartó la barca de la orilla con el pie y, con un suspiro, comenzó a remar. El pequeño navío emprendió la marcha, tan suavemente como si se deslizara sobre un colchón de aire. El caudaloso Río transcurría su curso tal y como el Barquero siempre lo había recorrido: tranquilo, sosegado, solo revuelto por los golpes de remo, el cual no asomaba su extremo del fondo. Ello no era necesario debido a que la quietud de las aguas no necesitaba de golpes de remo excesivamente fuertes para permitir que la barca prosiguiera su trascendente avance.

- ¿Que quién soy yo? – esbozó una sonrisa –A decir verdad, se me ha olvidado mi nombre...– puso cara de despiste a pesar de mirar hacia el curso del Río y no hacia el pequeño. Siguió hablando – Pero hace tiempo algunos habitantes de la Antigua Grecia me llamaban Caronte* . Al parecer me parezco a una de sus deidades, ¿no es curioso? Puedes llamarme así

- ¡Yo me llamo Adjian y tengo seis años! – dijo el pequeño con entusiasmo reflejado en sus grandes ojos marrones. Vestía pantalones vaqueros nuevos flamantes y un chaleco marrón sobre una camisa roja de cuadros. Caronte se giró para dedicarle una cálida sonrisa.

- Es un placer, Sir Adjian, tenerle como invitado en mi humilde navío

El niño sonrió orgulloso ante el trato de caballero. Pero cuando el Barquero volvió a mirar el Río, cerró los ojos, percatándose de la crueldad implícita en las palabras que acababa de vomitar.

- ¿Qué es este sitio? – preguntó el pequeño mirando asombrado a su alrededor.

- El Río de las Almas – respondió Caronte sin apartar la mirada de las aguas.

- ¿Y cómo he llegado aquí? – inquirió

El Barquero suspiró cerrando los ojos de nuevo. Muchas, innumerables veces había respondido a esa pregunta. Y sin embargo seguía resultándole terriblemente complicado lidiar con la frágil e inocente mente de un infante.

- Pequeño Adjian... – hizo una breve pausa para pensar en la mejor manera de abordar el tema - ¿Sabes lo que es la muerte...? – dijo por fin, inseguro.

- Sí... – repuso triste – Tenía un caballo hace unos meses. Era muy viejo y últimamente no hacía más que comer y dormir. Un día no se despertó por más que lo llamé... Papá me explicó que despertaría, pero que no lo haría más allí... – de repente el niño recordó - ¡Ah! ¿¡Y mis papás!?

- ¿No han venido contigo? – preguntó Caronte con cierta indiferencia. El niño negó con cierta ansiedad. El Barquero le miró – Entonces no están muertos – atajó

El pequeño sonrió triste.

- Qué bien...

El viaje de Caronte seguía sin imprevistos. Durante unos largos instantes, el arrullo del agua con cada golpe de remo era lo único que se oía. Ya, a lo lejos, la Sede del Trono se alzaba, previa a la Bifurcación. Adjian estaba arrodillado en la barca, apoyando la nariz en el borde de ésta. Tímidamente, acercó la mano a las tranquilas y turbias aguas. Su tacto era extrañamente cálido para ser un río a la intemperie. El pequeño siguió el curso inverso del Río y se fijó en la montaña donde nacía. Su curiosidad de niño de seis años afloró.

- ¿Llueve mucho por aquí, Don Caronte? – dijo por fin, sin despegar la nariz de la madera de la barca

- Aquí no llueve, pequeño Adjian – respondió el Barquero

- Pero en ese monte sí, ¿no? El agua viene de allí – señaló la montaña

- Ah, el Monte Limítrofe – suspiró Caronte – Su cumbre sostiene vuestro mundo. – el niño le miraba con atención, mientras él señalaba el largo del curso del Río – Este río no es más que el nexo que supone ambos mundos. Sus aguas provienen de vuestros cuerpos.

El niño se miró la mano con la que había tocado el agua arrugando la nariz.

- ¡Qué asco! – exclamó. Caronte soltó una risotada mirándole con sus ojos blancos.

- No de “esas” aguas... – volvió a mirar el curso del Río y carraspeó – Al menos no del todo... – dijo en voz más baja – El agua es un elemento tan importante en la vida como lo es en la muerte. Tu alma – se dirigió a Adjian – la de todo el mundo – miró fugazmente al anciano y a la mujer que también estaban en la barca y de los cuales se había olvidado por completo. – se disuelven en el agua de vuestros cuerpos y se filtran a través de vuestro mundo. Así llegáis aquí. – hizo una breve pausa – Así nace el Río.

- ¿Y nosotros? – insistió el Adjian

- Vuestras esencias se separan del agua en las faldas del Monte. El agua confluye dando lugar al Río y vosotros, simplemente – hizo un gesto con la mano como si se abriera una flor – os materializáis. Así os separáis definitivamente de lo que os unía a vuestro mundo.

- Ah... – el pequeño vio satisfecha su curiosidad, y el silencio volvió a aquel pequeño navío.

Por fin, la barca llegó al portón que precedía al Trono. Se trataba de un gigantesco portón doble con remaches de hierro dibujando la silueta de las mismas. Su base era una reja de gruesas barras de metal oxidado que permitían que el curso del agua continuase. En sus mitades había grabados motivos radicalmente opuestos: el la puerta derecha se veía la silueta de un humano seguido por una figura blanca bajo un grabado de un Sol; en la otra mitad había otra silueta humana esta vez siguiendo a otra figura, oscura, bajo una picuda luna menguante. Caronte hizo un gesto con la mano, como si empujara una puerta invisible. El portón obedeció como si su madera remachada hubiera sido empujada por una fuerza descomunal. Las enormes bisagras chirriaron con el eco que producía la amplia cámara de grises paredes del Trono del Juicio. El Barquero dio un último golpe con su remo, entrando en aquella estructura.

Un pequeño puente de madera interrumpía el curso del Río. Y más allá de él, se dividía en dos cursos, más estrechos, que se perdían tras sendas verjas similares a las de la base del portón principal. Caronte acercó su barca a la orilla.

- Sir Adjian – se dio la vuelta sin soltar el remo y se inclinó en una solemne reverencia, acentuándola con su brazo – su destino le espera – le dedicó una sonrisa.

El anciano y la mujer se dieron por aludidos y bajaron de la barca antes incluso que el pequeño. Éste miraba fijamente al Barquero y seguir a la pareja.

- ¿Y tú qué? – preguntó

- ¿Cómo...? – respondió Caronte desconcertado por aquel repentino interés

- ¿Siempre has hecho esto?

El Barquero guardó silencio unos instantes. Unos dolorosos instantes.

- Sí... siempre... – suspiró por fin

Adjian arrugó su barbilla.

- Jo, qué aburrido, ¿no?

- Bueno... – el Barquero le guiñó un ojo – Así puedo conocer a gente interesante.

El niño sonrió y bajó de la barca, al suelo de mármol de la cámara.

- ¿Ahora qué tengo que hacer? – Preguntó el niño

- Tienes que caminar hasta el fondo de la sala – señaló al tenuemente iluminado fondo de la cámara – Allí conocerás a alguien casi más interesante que yo – sonrió. El pequeño le devolvió la sonrisa

- ¿Te volveré a ver, Señor Caronte? – preguntó con una súbita expresión de tristeza. Al Barquero no le cambió la expresión sonriente.

- ¡Claro que sí!

- ¡Genial! – el pequeño se dio la vuelta para comenzar a caminar

- Adjian... – llamó Caronte, el niño se dio la vuelta - ¿Qué te ocurrió?

El pequeño pensó unos instantes con melancolía.

- Iba con mis papás en el coche, pero llovía mucho – “Malditos artefactos...” pensó el Barquero. – En una curva muy cerrada papá no giró a tiempo y la carretera resbalaba –De nuevo, el pequeño recordó – Don Caronte

- Dime, pequeño

- Cuando vengan mis papás... ¿les llevarás donde yo esté? – preguntó con una sonrisa triste

- Es mi trabajo, no te preocupes – la misma sonrisa se dibujó en su rostro

El niño se dio la vuelta rápido para que aquel simpático señor no le viera aquella lágrima que el recuerdo de sus padres invocó.

Una vez más, como siempre hacía, con un profundo suspiro, se separó de la orilla de la cámara del Trono y retomó la marcha contra la corriente del Río. Debía recoger a más almas en pena. Y así sería hasta el fin de los tiempos.

Remar contra el Río no suponía ningún esfuerzo para Caronte. Tal era su dominio de aquellas aguas. Tal como hubo navegado en un sentido, recorrió el sentido contrario. En muchos, incontables años, nadie se había dirigido a él como el pequeño Adjian. Aquel crío le recordó la parte humana de su trabajo, que no trataba con materia inerte; le recordó por qué hacía lo que hacía. Entre pensamientos turbadores, la orilla a las faldas del Monte de la Transición.

- Vosotros tres, arriba – se dirigió bruscamente a dos hombres y una mujer, siguientes e, la infinita cola de almas que debían ser juzgadas.

Y volvió, una vez más, otro suspiro más, otro recorrido más. Siempre a golpe de remo.

Ésta vez guardó silencio. Los pasajeros también callaron. Y si no hubieran querido hacerlo, lo hubieran hecho de todas maneras. Caronte no tenía ninguna intención de hablar aquella vez.

De nuevo los portones. Otra vez aquel eco tan perturbador. Una vez más se acercó a la orilla del mármol de la cámara.

¿Otra vez como siempre?

No.

Algo fallaba.

- ¡Hola señor Caronte!

- ¿Adjian...?

Atraído por el chirrido de los portones al abrirse, el niño volvió a la entrada de la cámara.

- ¿Qué haces aquí todavía?

El pequeño se encogió de hombros

- Espero al señor interesante...

Alarmado, Caronte clavó el remo en el lecho del Río y bajó de la barca, pisando el suelo de la cámara del Trono por primera vez en mucho tiempo.

Caminaba raudo por la inmensa estancia. Las escasas antorchas de las paredes iluminaban las lisas y gruesas paredes. Al fondo comenzó a vislumbrar la silueta del Trono. Se cruzó por el camino con el anciano y la mujer que vinieron con Adjian en la barca, que le miraron desconcertados. Él les ignoró.

Boquiabierto, el Barquero recorrió el último tramo. Ya veía claramente el Trono, pero quería acercarse, debía asegurarse. Y debía hacerlo, porque no se podía creer lo que veía.

El trono estaba vacío. El Juez no estaba.



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*En la mitología Griega, Caronte era un anciano de larga barba y melena blancas y ojos de fuego quien, con su barca, recorría el río Estigia, que separaba el mundo de los vivos del reino de los muertos de Hades transportando a los difuntos. Exigía a todo aquel que requiriera de su servicio el pago de un óbolo. Todo aquel que no pagaba aquella tarifa era obligado a esperar en la orilla del Estigia durante cien años, tiempo tras el cual el Barquero realizaba el viaje de manera gratuita. Por ello, los antiguos griegos enterraban a sus difuntos con un óbolo bajo la lengua

martes, 1 de enero de 2008

Time marches [EDIT]

1987



5... tan solo 5 años después...



De esta foto podemos sacar cuatro deducciones

1: VEIS!? ERA RUBIO!!!! ajiem...


2: Ya entonces era un niño muy bueno, me comi toda la comida del plato


3: Cinco años no es tiempo suficiente para que uno pierda su adorabilidad (quince si...)


4: Sí... probablemente aquella fue la última vez que yo llevé (y llevaré) corbata...

15 años despues...




¿Qué... qué me ha pasado...?